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jueves, 4 de abril de 2013

Perdida

Soy una más de esa generación perdida. A mí, como a tantos otros, nos dijeron que podíamos cambiar el mundo si nos lo proponíamos. Sucumbimos rápido a los mensajes de las películas americanas, que nos bombardeaban con lo malo que sería ser un perdedor. Mejor avanzar. Progresar. Nuestros padres, como antes habían hecho los suyos, se esforzaron para tirar para adelante y darnos un mejor futuro. Mejor que su presente. 

Por eso mis padres, como tantos otros padres españoles, me llevaron a clases de Taekwondo y de música. Pagaron mis autobuses a Zamora y me esperaron a las diez de la noche para conducir de vuelta a casa con niebla o sueño. Pagaron mis estudios, mi residencia, mi piso. Todos mis billetes de autobús desde Valladolid para que trabajara de becaria y todos los abonos de Metro para que ampliara mi experiencia profesional. 

Y a día de hoy mi vida, como la de mis padres, los tuyos o los de otros tantos, va a peor. Somos los perdedores de las películas americanas. ¿Para qué se esforzaron tanto mis padres? ¿Para qué me esforcé yo? Al final los ganadores y los perdedores estamos igual de perdidos. Sin rumbo. Sin progreso. Yo, sin futuro. Mi familia, sin mí. Somos varias generaciones las perdidas. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ellos y ellas: Mis estudiantes

Hoy leyendo esta noticia en "El País" me he acordado de una conversación que tuve con alguien hace unos días sobre los estudiantes de EF con los que trabajaba. Hablábamos de que los estudiantes chinos y de Europa del Este venían, casi todos, con iphone y ipad. Casi sin excepción. En España EF es bastante popular, por lo que no pensaba que el nivel económico de las familias que envían a sus hijos a aprender inglés en verano fuera tan alto. En efecto, españoles había muy pocos. Se ve que sí sale caro mandar a tus hijos tres semanas a Cambridge. 

Sin embargo, hay un grupo de estudiantes que sí pasan todo o casi todo el verano en Inglaterra. Estos estudiantes vienen a Cambridge en junio sin mucha idea de inglés huyendo del calor y sin preocuparse por el dinero que sus padres tengan que pagar. Me refiero a estudiantes de Emiratos Árabes Unidos, Qatar o Arabia Saudí, entre otros. 

Desde que empecé a trabajar me llamaron la atención estos estudiantes. Siempre juntos, hablando más árabe que inglés. Muy atentos en clase, muy disciplinados, decían las profesoras de inglés. Pero difíciles de manejar en sus ratos libres, que es cuando yo tenía que lidiar con ellos. El primer día uno  de los chicos me dijo "eso podría comprarlo yo", después de enseñarle el Corpus clock de oro, que costó un millón de libras . El resto de los días tenían por costumbre desaparecer en medio de una actividad si no les interesaba: daba igual si tú estabas en un museo o en un zoológico en otra ciudad. Además, eran los únicos menores de edad autorizados a viajar solos a Londres. Una llamada de sus padres a mis jefes autorizaba todo el proceso. Y listo. 

Hasta hace unos días no me di cuenta de que este grupo internacional de estudiantes árabes estaba únicamente formado por hombres. Ni una mujer. No resulta sorprendente, ¿Verdad? Pues yo no me había parado a pensar que no había mujeres árabes entre mis estudiantes hasta hace unos días. De hecho, cuando me contaban de su vida nunca les oí hablar de ninguna hermana, aunque varios me comentaron que tenían hermanos estudiando en EE.UU. o Inglaterra. ¿Casualidad? No lo creo. 

Uno de los niños árabes estaba loquito por una niña israelí. En el grupo israelí las mujeres eran mayoría aplastante. La chica estaba extrañada de que el árabe se pasara el día haciéndole fotos con su cámara réflex.  Supongo que no había visto nunca a una niña morena con ojos azules. Cuando ella me explicó su extrañeza yo le dije "es que tienes unos ojos muy bonitos" y se quedó sonrojada. Ese día ya no dio guerra. Pero en los 15 días que estuvo el grupo israelí en Cambridge aprendí que eran tan difíciles de manejar como el grupo de niños árabes. Chicos árabes y chicas israelíes: los dos grupos con los que agotaba mi paciencia. 

jueves, 11 de octubre de 2012

El año que conocí a un premio Nobel

King's college choir
Hacía frío o llovía. Quizás las dos cosas. Estábamos tomando un cream tea en Auntie's tea shop y en el último momento nos decidimos. Pasaban 25 minutos de las cinco. Demasiado apuradas. Cuando entramos en los jardines del college, las campanas estaban sonando, como diciendo "llegáis tarde". Móviles apagados, entrando en la iglesia abarrotada de gente y nos para un señor. Nos iba a mandar a la última silla, donde no se ve nada. Nos resignamos: somos unas tardonas. A punto de sentarnos, el hombre lanzó una pregunta: ¿Sois miembros de la Universidad de Cambridge? "Yes, students", le solté. Pasen por aquí, nos dijo. 

Los ojos de María me miraban como diciendo "estás loca" mientras nos sentábamos justo al lado del coro, junto a un señor cabizbajo que esperaba la misa. María y una servidora estábamos sentadas junto a un futuro premio Nobel, solo que ni él ni yo lo sabíamos. Estábamos más preocupadas por que nadie nos hablara y se diera cuenta de que no teníamos nada que ver con la Universidad de Cambridge. ¿Será pecado colarse en misa de cinco y media en el King's College chapel?

Magdalene college's formal hall
Unos meses más tarde, de vuelta en Cambridge sin María, me puse a buscar trabajo. Un día después lo encontré en el Magdalene college. De camarera. Mi trabajo consistía en poner platos en unas mesas alargadas y limpiarlos cuando los estudiantes terminaban. Rellenar jarras de agua, a veces servir el café y poco más. Al principio no entendía mucho, pero ahora sé lo que me piden; algo he mejorado. A veces también servimos a fellows. Son a los que no te conviene manchar: gente importante, profesores, científicos, matemáticos... a veces hasta me da apuro cuando tienes que servirlos. Cuando la cena termina, los fellows se levantan, dan gracias y suben las escaleras hacia otro salón, en el piso superior del college. Así es como un día reconocí al hombre tranquilo que habíamos visto en misa. 

El lunes iba a leer las noticias en La Opinión de Zamora cuando vi su cara junto al titular. Se llama John Gurdon y esta semana le han concedido el Premio Nobel de Medicina, compartido con Shinya Yamanaka. A Gurdon su profesor de ciencias le desanimó a ser científico. Se hizo de letras, pero le picó el gusanillo y acabó pasándose a las ciencias. Ayer volví a ver a Gurdon después de ser galardonado. Sigue teniendo esa mirada perdida, ese aire cabizbajo. Pero parece más feliz. Y yo, también estoy contenta. Nunca hubiera pensado que trabajando de camarera tendría la oportunidad de dar de comer a un premio Nobel. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Vuelta a la vida real

Acabadas las vacaciones, nos volvimos de España con morriña, porque había que volver al frío y a echar de menos la comida y la familia-amigos, pero con ganicas de volver a la normalidad. Nunca fui de vacaciones largas. Después de una semana ya no sé qué hacer con mi vida. 

Hace una semana me autoestresé pensando en si encontraría un trabajo-mierda que pudiera permitirme pagar el alquiler e ir a clases de inglés. Eché currículums sin respuesta, lo que es normal en domingo. Y, sin más, me acosté pensando en un lunes que suponía duro, recorriendo bares y tiendas de Cambridge en busca de ese trabajo que pagara mi alquiler y mi comida. 

Poco tuve que buscar. Por segunda vez en este año llegué al centro -esta vez en bici, no en bus-, entré en el Magdalene college y me dirigí a Buttery. Allí me encontré con Adrew, mi antiguo jefe, puse cara de buena y le comenté si podíamos hablar. Cinco minutos después había recuperado mi trabajo anterior y salía más feliz que una perdiz del college con mi chaleco y mi pajarita en la mochila. 

Sí, lo habéis adivinado. Vuelvo a ser camarera. Y esta vez quiero aprovecharlo: ganar dinero, hablar inglés, ahorrar y pagarme un bueeeen curso de preparación del CAE. No sé si llegaré al nivel Advanced para diciembre, pero quiero intentarlo. A ver cómo se da. Y mientras, los domingos los dedico a buscar becas, redactar cover letters, echar CV y cruzar los dedos. Quizás un día haya suerte. 

jueves, 16 de agosto de 2012

Unemployed


En estas últimas semanas me pasaron muchas cosas por la cabeza y pocas por mi vida. Dejé un trabajo, luego dejé el otro porque tenía uno mejor y, al final, no me renovaron del que yo había imaginado the best job ever. 

A un día del comienzo de las olimpiadas me quedé sin trabajo y sin posibilidad de salir de Inglaterra. Con los precios de billetes de avión por las nubes, decidí ponerme a estudiar Derecho Penal a lo desesperado. Y por eso, ahora misma, desesperada me hallo. Cero motivación cuando se estudia un montón y, echando cuentas, te quedan mínimo 15 páginas y otra mitad de la que ni siquiera tienes apuntes. 

Con la moral baja y un poco aburrida, afronto mi última semana antes de irme finalmente de vacaciones a casa. Cuando vives fuera, las vacaciones son ir a casa. Ver a tu gente y volverte con la maleta cargada de queso zamorano, chorizo, jamón y llonganissa. Y me muero de ganas de que llegue el jueves que viene 

¡Siete días!

Id abriendo la mesa para que quepamos dos más. En nada nos tenéis allí comiendo. 

martes, 17 de julio de 2012

Planes para el exilio

Hoy me he encontrado con una casualidad que no es tanto casualidad, sino consecuencia. Esta mañana, en menos de dos horas, tres amigos me han escrito pidiendo consejo sobre cómo deben plantearse su exilio temporal a Inglaterra. 

Los tres rozan los treinta, viven en distintas ciudades y estudiaron diferentes carreras. No se conocen y lo único que tienen en común es que los tres han coincidido en algún momento de sus vidas conmigo. 

Pero no nos equivoquemos, no es casualidad. Es la consecuencia de la situación insostenible que se vive en España. Ante la desesperación, lo mejor es escapar de España y emigrar, en busca de un trabajo de mierda que nos sirva para mantenernos y con la esperanza de no estar rodeados de españoles y conseguir aprender algo de inglés. No es fácil: cada día más spaniards invaden tierras británicas. 

En Inglaterra hay inmigrantes que vienen a trabajar, hacer dinero y volver a sus países. Yo no soy de esos. Yo soy de los que no tienen ningún motivo para volver a España. A una España sin presente y sin futuro. Sin esperanza por cambiar. Un país anclado en la pandereta. 

No es fácil saber de tus amigos y familia solo por Skype, enterarte de las buenas y malas noticias vía Whats App y pisar tu pueblo cada cuatro meses. Te pierdes mucho, pero también ganas. No es fácil aprender a ganarse el pan; conlleva sudor, lágrimas y morriña. Lleva su tiempo darse cuenta de que esto no es solo presente, sino también futuro. Nuestro futuro. 

martes, 6 de marzo de 2012

España no te quiere


Me resulta difícil pensar en propaganda sin acordarme del Tío Sam del US army. "I want YOU", señalaba con cara de pocos amigos.
No sé a ustedes, pero a mí mis tíos siempre me han malcriado. En Navidades me regalaban juegos, en vez de ropa, me compraban chuches y competían para llevarse el premio al tío más molón.
El problema de España es que no nos quedan tíos a los que pedir la propina. Tampoco ese tío de pueblo con bar al que puedes echar una mano un verano a cambio de cuatro perras. En España ya no nos quieren en casa. Por eso, los gobiernos permiten los deshaucios por,impago de hipoteca. Por eso, nos animan a marcharnos. A Laponia o a la Conchinchina. Fuera bicho, España no te quiere.
Y así, en mi ciudad, como en muchos otros lugares fuera de España, las tabernas ya no tienen mecánicos y albañiles. Ahora te tomas tu cerveza con un ingeniero químico, un periodista, un creativo o un diplomado en turismo.
Los tertulianos de ahora son jóvenes, tienen estudios, no se acobardan aprendiendo idiomas y tienen iniciativa. Pero, aunque sean trabajadores preparados, su país les anima a que no vuelvan a casa más que 15 días de agosto. España ya no tiene tíos.

(Publicado en .Así como lo siento.)