



Julio fue un mes de papeleos interminables, de profesores cabroncetes y preparatorios para la boda de mi tío Pedro, el pequeño. Y entre tanto lío estuve entretenida y me olvidé un poco de que mi nueva vida era un asco. De que lo único que quería era volver allí. O irme de aquí. Escapar otra vez... siempre escapar. De dejar de escapar de una vez, que eso no es vida.
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Y hubo entonces quien me apoyó. Quien, sin comprender lo que sentía cuando le decía que no estaba a gusto, me daba ánimos con noches de cañas y planes futuros. Quien, como Aurora, me dio abrazos y besos en cada tarde. Quien me animó a seguir adelante con los cambios. Porque este 2008 ha sido un año de cambios. De pasar de estar sola a tener a muchos, a tener a alguien con quien compartir un vino Oporto y un puñado de momentos especiales. De ilusionarme con toda clase de proyectos. De sentirme perdida y descubrir nuevas aficiones.
Por eso ya no tengo miedo al cambio. Ahora sé que seré feliz si hago lo que quiero, esté donde esté. Y sé que los amigos los tendré ahí para siempre, aunque me pase seis meses sin verlos y se me salten las lágrimas viendo sus fotos. Porque serán lágrimas de felicidad.